Fotografía

Fotografía

Cuando las cosas adquieren otra vida

“Toda fotografía es un certificado de presencia.
Este certificado es el nuevo gen que su invención ha
introducido en la familia de sus imágenes”
Roland Barthes

CUANDO LAS COSAS ADQUIEREN OTRA VIDA
Rodolfo Izaguirre

John Berger (Londres, 1926) en un fascinante libro suyo titulado “Mirar” formuló una pregunta inquietante: ¿Qué hacía las veces de la fotografía antes de la invención de la cámara fotográfica? La respuesta que uno espera es: el grabado, el dibujo, la pintura. Pero, de acuerdo al propio Berger, la respuesta más reveladora sería: ¡la memoria!

Lo que hacen las fotografías allí fuera, en el espacio exterior a nosotros, se realizaba anteriormente en la interioridad del pensamiento.

Y es justamente lo que pareciera evidenciarse en el primer impulso o movimiento que precede a las fotografías tomadas por el pintor Jason Galarraga cuando al enfrentar la realidad de las cosas, tanto en su obra pictórica como en el arte de su fotografía, fragmenta esa realidad; la reduce, la obliga a ser una suerte de microcosmos o simplemente la transforma en una abstracción. Sólo con reinventarla queda convertida en una realidad distinta a la que ella pretendía ser aunque, a veces, la realidad es en sí misma tan absurda y envilecida que choca con el oculto e inesperado atractivo de su fealdad como ocurre en “No exit” con un mono atado y entrevisto tras el inservible muro del mas descalabrado de los detritus.

Porque una rosa que ha sido percibida a través de la mirada de Jason Galarraga y que ha encontrado sitio en nuestra memoria sigue siendo una rosa; pero aislada de todo contexto o enfrentada a una realidad distinta a la suya adquiere un prestigio que va mucho más allá de su forma y de su color porque invade y se sitúa por derecho propio en un nuevo espacio y en un tiempo nuevo que le confiere una libertad que nunca tuvo en el jardín donde floreció alguna vez porque desde el instante en que Jason le inventa una realidad que no es la suya sigue viviendo, pero transfigurada en una abstracción que persistirá para siempre no sólo en nuestra mirada sino en la fortaleza de nuestra memoria.

El asombro se convierte en prodigio y maravilla cuando yuxtapuesta, tendenciosa y voluntariamente por Galárraga, al universo cotidiano urbano de un edificio la rosa pierde la frescura de su color y la amarilla tersura de su piel en la misma medida en que la arquitectura de un hermoso edificio en la calle Miranda de Chacao muestra el desamparo urbano y la devastación del tiempo como si a través de un misterioso vaso comunicante se contaminaran sus respectivas bellezas y temiéramos, al ver su deterioro, que la reflexión que nos ofrece Galárraga y la tristeza que aflige, tanto al edificio como a la rosa, amenazaran con alcanzarnos para precipitar nuestro propio derrumbe.

Es el desgarramiento que sentimos al constatar cómo los gases de las industrias contaminan el aire mientras unos extraños sifones lucen muertos y aniquilados.

Es el mismo estupor que nos asalta al ver la rosa junto a su nombre inscrito en su color de rosa sobre un trozo de pared cochambrosa y la rejilla en el centro de un rectángulo por donde creemos sentir las voces que alguna vez se escucharon en el Restaurant La Rosa clausurado u oculto detrás de una inexpugnable pared metálica. En todo caso, al penetrar en los secretos de una Cala o una Cuarentona Jason las libera, las devuelve a una vida inesperada que cruza y supera al tiempo manteniendo intactos la incitante lujuria de sus brillantes colores revelando además en nosotros una manera desacostumbrada de verlas y de reconocer en ellas la libertad que creemos haber perdido.

Para gloria de la pintura y de la fotografía, Jason Galarraga ha encontrado una manera de ser libre, de liberarse de los nudos cotidianos. Es como el hombre que en la calle ve pasar a unos niños llevando un colchón que los protege de un sol que todo lo calcina a su paso: Jason logra que nos interese no tanto el peso del desamparo sino el espacio de la calle por donde se mueven: un espacio de libertad, sin embargo, constreñida; cercada por la misma aflicción que entristece nuestra mirada al verlos. Hay una reflexión que no oculta el humor y una despiadada ironía cuando reúne en un mediocre conjunto artesanal bustos de Bolívar con convencionales adornos de fuentes y jardines o cuando dispone al azar la delirante conjunción de iconos musicales como los Gatos argentinos del Beat No 1, los adolescentes mexicanos del Teen Tops de 1958; los Beatles y teléfonos que se oponen a un tiempo que a su vez hunde o levanta la memoria que pesa sobre todos ellos.

Lo más gratificante de esta exposición de fotografías de Jason Galárraga es que en el interior de estas flores que podemos ver también en blanco y negro, es decir, privadas de su color, desnudas, anónimas, bullen y se agitan en ellas colores nunca vistos por el ojo humano porque los vemos con absoluta nitidez en la memoria de lo que ellas fueron antes de la fotografía, es decir, en la interioridad de nuestro pensamiento.

Anotaciones sobre esas cosas que adquieren otra vida
Lorena González

La obra del artista Jason Galarraga ha girado desde sus inicios en torno a consideraciones formales y conceptuales desplegadas alrededor de los furtivos desvanecimientos y las leves apariciones de una visualidad urbana en transformación constante. Las marcas del mundo global, las siluetas permanentes del mercado, los trazos de objetos, colores, marcas, licencias sensoriales y rutas tipográficas compartidas, engranan en su trabajo una buena parte de ese curso vital que sobrevive en sus piezas y que la rapidez comercial de la iconografía contemporánea anula y suprime en cuestión de segundos. En su pintura e intervenciones, Galarraga transfiere con crítica maestría los giros y trasbordos de estas desaparecidas señales en ruinas a través de secuenciales tramas pictóricas y de acumulaciones espaciales que se manifiestan mediante una vibrante fuerza gráfica entrampada por complejas y nostálgicas aristas.

Ironía, melancolía, destierro y testimonio… Recinto de lo que es y no es, de lo que está y no está en ninguna parte. En esta ocasión la fotografía le sirve al artista como estrategia pertinente para potenciar ese mismo discurso que persigue: atrapar una belleza tránsfuga, escapada del tiempo, borboteando señales y síntomas de la vitalidad que se esfuma por entre las rendijas de una muerte ya instaurada, de una exhalación irreversible: así la marea que sucumbe, el maniquí transitorio, los pétalos deteriorados, el óxido de las puertas, las esquinas olvidadas, la naturaleza en movimiento, la aglomeración desesperada de objetos y grafías. La vida en estas imágenes es un espectáculo pequeño, corto.

La fotografía se ha unido a las intenciones del artista para como diría Susan Sontag reafirmar sus premisas creativas con esa aparente ilusión de captura que nos ayuda a detener el tiempo, aunque sepamos que la verdad que tenemos frente a nosotros es que la imagen que vemos no es lo real. Lo único que hemos poseído y que hemos logrado fijar con la fotografía es la presencia alucinada de un algo (momento, persona, forma o situación) que ya no está. Más que devolvernos o ayudarnos a mantener los asomos de nuestro pasado, con lo que la fotografía nos confronta es con la imposibilidad cada vez más palpable de esa detención, de esa posesión absurda y quimérica que va tras el curso de lo palpable-fugaz.

En palabras de la misma Sontag y como meta-relato de las inquietudes del creador Galarraga frente a sus traducciones del afuera, la alternativa que le brinda la fotografía de poseer ese mundo escurridizo en forma de imágenes es en el fondo no poseerlo, detonando con ello el carácter melancólico de una existencia efímera de las formas y las cosas junto al talante inasible que subyace tras la ejecución de cualquier acto fotográfico. A través de las imágenes que el artista nos brinda e intenta sustraer, lo único que volvemos a experimentar es precisamente la irrealidad de la vida, su condición especular, la lejanía de lo real en su partida inquebrantable; y casi sin darnos cuenta, sumergidos en los otros lapsos de estas cosas que se nos han revelado, ejecutamos con ellas y con él una suerte de segundo duelo, metáforas perdidas de una separación forzosa e incesante.

Todos los Derechos Reservados Jason Galarraga